La Leyenda del Monje de La Muerte
En una sequedad de lo oscuro de una habitación dormía un viejo muchacho que no podía más que imaginar el mundo en anarquía.
No fue el sueño lo que le quitó el miedo sino un mensaje por red interneuronal que le despertó y le empujó a desertar.
En la noche del miedo, en el miedo entre las sombras el muchacho se levantó y encendió su computadora para enviar un mensaje.
La computadora se abrió en la interfaz de escritorio y le hizo una pregunta:
“¿Para quién es el mensaje?”
El muchacho contestó:
“Para el frente”.
La máquina se puso a funcionar y empezó a acribillar a todos los trollers de la red hasta que no quedó ni uno vivo. Entonces el mensaje ya estaba escrito y el muchacho le dio a enviar.
Se dio cuenta de que ya era por la mañana, qué se había pasado toda la noche escribiendo.
Ya no podía pensar. “Sectas”.
Crudas “sectas” se creen que somos. No ven nuestra identidad. No ven nuestro pasaporte. No ven nuestra identificación... ¡No ven ni nuestro maldito blanco de los ojos!
Se vistió.
Salió a la calle.
No había nadie.
Eran las 8:57 de la mañana y solo se veía el resplandor de las bombas en su ciudad.
Sabía lo que iba a pasar.
Sabía todo lo que iba a pasar.
“¡Sectas!”
Se fue detrás de un edificio y se encendió un cigarrillo.
“Todo de estraperto. Todo de estraperlo. No tengo ni un artículo que no sea de estraperlo”.
Se puso la capucha y empezó a andar por la calle:
Contrabandistas, chorizos, ladrones, putas...
Todo se veía por la calle. Todo, menos gente normal.
Entró en un sitio y se quedo estupefacto por el olor a cargado que emanaba el lugar.
Nadie.
Pensó:
“No es lo mío. Yo tenía que haber sido otra cosa”.
No se sabe nada de su trabajo.
No se sabe nada de sus estudios.
Se sabe que está hay y tiene que entregar un cargamento de ametralladoras alfa al frente de batalla y, que sin ese cargamento, el frente de batalla no funciona.
Han pasado dos años desde que está en esta situación. Los tiragatos se quedaron pequeños y hubo que reunir nuevos materiales para nuevas armas.
Sonó la sirena.
¡Sonó la sirena!
¡Sonó la sirena de que se acababa el peligro!
¡Sonó la sirena!
¡Sonó!
Ella estaba allí. Esperándole. Le dio un beso. Él sintió algo parecido a la brisa del mar.
¡Habían ganado!
¡Habían ganado!
El pensó:
“Nunca empezar una revolución, si antes no había habido agresión”.
Siempre había habido agresión. Por eso La Revolución.
Revisó su manual.
La última fecha se había quedado lejos.
Ya solo quedaba La Anarquía.
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